Intenso fin de semana nos tocó vivir en la capital, y de una gran manera, ya que, una vez, los conciertos se agolpaban (incluso demasiado como para disfrutarlos todos…) a lo largo de los tres días. Pero como ha de hacerse, empezaremos por el principio, un viernes gris y lluvioso que daba la bienvenida a Ulver, por primera vez en España con motivo de la gira que les traía presentando su más reciente trabajo, Wars of the Roses, y que tambíen suponía su regreso a los escenarios después de quince largos años de ausencia en directo.

El lugar elegido fue la conocida sala Caracol, que abrió sus puertas a las nueve de la noche para dar paso a los pocos espectadores que por allí andábamos a aquella hora. Una vez dentro, poco más había que hacer salvo esperar a que los noruegos hicieran acto de presencia sobre el escenario, ya que no había teloneros ni nada similar que amenizara la espera. Una hora después, poco más o menos, el inmenso telón que cubría el escenario se abrió, y las luces se apagaron completamente. Sobre las tablas estaban noruegos, distribuidos de forma atípica, con un chico y una chica al fondo del todo, el batería ladeado a la derecha, y en el centro de forma triangular Garm, Tore Ylwizaker y Daniel O’Sullivan, flanqueados por todos lados por instrumentos y ordenadores portátiles, unos cinco o seis en total, a manos de todos los miembros, menos del batería, que era el único que no llebava portátil.

Todo comenzó con February MMX, y la banda completamente sería y sin decir ni hola, comenzó a generar su música y crear la oscura atmósfera que nos envolvería durante toda la noche. Continuaron con Norwegian Gothic, aún más oscura si cabe, a la par que iban proyectando sobre el fondo imágenes de una psicodélia un tanto siniestra y sin mucha lógica, que sería la tónica habitual del resto del espectáculo. Por fin saludaron al público madrileño, pero sin perder demasiado tiempo, para retomar su show y arrancar de nuevo con England seguida de September IV. El show era completamente hipnótico, te envolvía en una densa oscuridad que, mezclada con los sonidos electrónicos, te iba sumiendo poco a poco en un delirio del que deseabas no salir. El recital siguió su curso a cargo de Lost Moments y con Porn Piece Or The Scar Of Cold Kisses llegaron al momento más bizarro de la noche, en el que sobre la pantalla proyectaban una mezcla de imágenes bombas nucleares, vacas siendo ordeñadas, porno amateur, gente crucificada y demás imágenes dantescas sin ningún tipo de relación entre ellas, todo un What the fuck? en condiciones. A continuación, todo siguió discurriendo con “normalidad”, y tras Darling Didn’t We Kill You? abandonaron el escenario.

Llegados a este punto, el grupo regresó tras un par de minutos para deleitarnos con For the Love of God, Little Blue Bird y Rock Massif, ejecutada con unas orquestaciones apoteósicas que erizaban los pelillos de la nuca. Llegábamos a la recta final del show, y Garm nos lo avisó con una sonrisa socarrona y un “es nuestra hora de dormir”. Pero no, aún quedaba más. Poco, pero quedaba, y continuaron con una versión de The Troggs del tema 654321, que ejecutaron de una manera perfecta destilando psicodelia por todos lados. Una vez más volvieron a ausentarse del escenario, y tras un descanso un poco más largo que el anterior, volvieron todos a sus posiciones para deleitarnos y poner el broche de oro con Eos, a la que acompañó una enorme luna de fondo.

En lineas generales, fue un concierto muy interesante y diferente, pero muy bueno al fin y al cabo. No tocaron nada de sus primeros trabajos (cosa que la promotora anunció cuando dió a conocer que se celebrarían estos eventos, no se si fue decisión del grupo o hubo otros motivos extramusicales). Hasta esa noche siempre había relacionado a la palabra “psicodélico” con una imagen mental muy colorida, extraña, irreal y carente de lógica, pero este concierto me hizo percibir la cara oscura, y nunca mejor dicho, de esa evocación. Psicodelia tenebrosa, mezcla perfecta de dos mundos diferentes.

Texto: Pablo Clemente