CRÓNICA UNAI

La expectación montada por Toundra, estaba plenamente justificada. Esa es la primera aseveración que pudimos constatar los que nos acercamos el pasado sábado hasta el Kafe Antzoki bilbaíno. Un recinto en el que fue difícil encontrar algún hueco vacío y que iba a recibir a los madrileños como a viejos conocidos que no necesitan presentación. La banda más de moda del post-rock patrio,volvía a dejar claro que siguen siendo una de las mejores opciones, cuando de apostar diez euros en una actuación se trata.

Con una ofrenda pecuniaria tan raquítica de por medio, esta gente consiguió dos objetivos sin tenerse que llegar a subir sobre las tablas. Reventaron una de las plazas fuertes de la capital vizcaína y remarcaron su inquebrantable espíritu underground. Ser consecuente con la filosofía de uno, siempre debiera de ser un motivo para el elogio. Cuando Toundra son el tema a debate, no obstante, puede que haya otras muchas cosas que habría que ensalzar con anterioridad pero el punto mencionado, no merece ser tomado a la ligera.

 

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Como preámbulo a la elevada sesión instrumental que teníamos concertada, la banda bilbaína Señores iba a ser la encargada de ayudarnos a que el tiempo corriera a nuestro favor. Venían presentando su segundo EP titulado Se Casan y practican una suerte de pop de corte indie, sobre una base musical de post rock. No son la banda que yo hubiese elegido para completar la velada, pero mis reservas tan solo atienden a gustos personales. Nunca he sido un gran aficionado de las voces nasales que se estilan en los círculos de la España alternativa, y tampoco iba a comenzar a serlo en esta ocasión. Como hay que ser justo, comentare que sonaron con un enorme empaque y en ningún momento se pudo apreciar que el Antzoki les viniese grande. Si hubiesen optado por dejar los micrófonos en el camerino- de la misma forma que Toundra harían un rato después- servidor hubiese salido encantado.

Lo de no necesitar un solo micro como respaldo, supongo que puede parecer demasiado exigente para con los músicos que uno acude a ver. Es insólito encontrarse con formaciones que ni siquiera dejen unos segundos, para presentarse ante su parroquia. Un breve “Somos Fulanito” o “Gracias por haber venido”, acostumbran a ser los mínimos exigibles para todas las bandas que tienen la suerte de compartir su arte con los aficionados. A Toundra sin embargo, todas las palabras les sobran. Da la impresión de que si tuviesen la posibilidad de publicar albums en blanco, sin un solo trazo que pudiese ser asociado con lo que su música refleja, a buen seguro que lo harían.

 

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Se lo pueden permitir porque sus canciones hablan por sí mismas. Es una perogrullada de tal calibre la que acabo de apuntar, que hasta un niño de cinco años hubiese podido aplicarla. Mucho más hay que crecer sin embargo, para poder llegar a paladear cada instante de pasión que encierran sus creaciones. Cerrar los ojos se antoja la mejor opción. Cuando te ofrecen por el contrario, la oportunidad de ser testigo mudo de tantas ensoñaciones sonoras, resulta complicado encadenar un par de parpadeos seguidos.

Ya sea con los cortes más recientes o con los que dieron sus primeros pasos, los temas de Toundra acaban por invocar a la hipnosis colectiva. La cadencia milimetrada que llevan consigo, evoca el páramo del que toman su nombre, y termina por envolver a todo el que se aventura entre sus fangos.

Desde el momento en el que lanzan Ara Caeli, hasta que se despiden con Espirita, la nube en la que sumergen a sus espectadores parece que puede ser tocada con la punta de los dedos. Un maravilloso ejercicio de Post Rock, que suele acabar ganando en intensidad merced a la perfecta relación causa-efecto. Las generosas dosis de Metal que incorporan para tal fin, puede que sean el principal motivo de lo mencionado. En cualquier caso, solo ellos saben a ciencia cierta cuales son los ingredientes justos que sus conjuros precisan.

 

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Tan solo un solitario e inoportuno parón técnico, acabaría por ser lo único reprochable en una actuación que rozó la perfección. Una hora y media en la que hubo tiempo para sumergirse en los tres trabajos de los madrileños y que gozó de un sonido apabullante, es lo que nos brindaron. La muralla musical perpetrada por esta gente, dio buena muestra de lo que supone llevar al directo una obra de estudio. Despojándose de la mayoría de arreglos y centrándose en la parte más visceral de las canciones, lograron que nadie perdiera detalle alguno. Eso es mucho decir, cuando es un grupo instrumental el tema a debate.

Sin tan siquiera una triste objeción con la que animar nuestra salida del recinto, fuimos tomando de nuevo la fría noche bilbaína. Había llegado la hora de apearnos de la nube y daba la sensación de que aún no habíamos comenzado a volar. A nuestras espaldas dejábamos a una banda que no tardara demasiado en conquistar Europa. Sin una sola letra en su repertorio ni un líder en él que los espectadores puedan clavar sus miradas, el viejo continente pronto comenzara a saber de ellos. Funcionando como la brutal entidad que conjuran sobre las tablas, ninguna puerta debería cerrárseles.

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REPORTAJE UNAI

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