CRÓNICA ABEL

Dos días antes de la fecha del concierto salí de mi residencia en Bratislava con rumbo a Suiza, el país de los quesos, el chocolate, los relojes, la neutralidad y los precios escandalosamente desorbitados. Tras un día y medio de paseos casi ininterrumpidos por la preciosa Basilea, mi colega y yo nos dirigimos a Pratteln, donde la gente de Dragon Productions había programado un concierto tremendísimo: nada menos que Primordial, Moonsorrow, Taake y Helheim, más el añadido de última hora Orkan. Es decir, que nos esperaba el rato más oscuramente pagano o paganamente oscuro en bastante tiempo.

La sala Z-7, situada a las afueras de la ciudad y rodeada de árboles, está muy bien: grande, bien distribuida, excelente sonido, dos barras, mesas y sillas en un lateral… Pero le falta algo básico: ¡el ropero! Imagínate entrar de la calle, con temperaturas bailando alrededor del cero, con jerséis y cazadoras, y no tener dónde dejarlos. Los que estábamos en las primeras filas nos apañamos dejándolos en el foso; el resto no sé cómo harían, aunque haciendo cola fuera había un chaval en camiseta corta y temblando como un flan…

Eran las seis y veinte y estábamos comentando nuestra indignación cuando salió a escena el primer grupo de la noche, que para nuestra sorpresa no fue Helheim, como estaba anunciado, sino Orkan, al que no conocía. Tocaron media hora, durante la cual nos mostraron su black metal clasicote con toques thrash y claras reminiscencias a la época más primitiva de Emperor en algunos riffs (al principio de una canción llegué a creer que era una versión de Ihsahn y los suyos). Fue entretenido, pero no me entusiasmó, y el guitarrista no es gran cosa. Aunque cumple, los solos son un poco cutriños. La sala estaba medio vacía, como era de esperar a esas horas.

Tras irse ellos, sin prueba de sonido ni leches, no tardaron ni diez minutos en salir los noruegos de Helheim con sus cotas de malla. Qué conciertazo se pegaron, colega. No conozco los títulos de las canciones, pero para mi gusto fueron de menos a más: las primeras me gustaron a medias, hacia la mitad ya me estaban pareciendo una pasada, y el final con Dualitet og ulver, la única que conozco por su título, fue encreíble. La versión de estudio de esta canción cuenta con la voz de Hoest, líder de Taake, en la parte final, y ¿adivináis quién salió a hacer esa parte? Exacto: el señor Hoest, ataviado con una capa negra con capucha, todo serio él.

Helheim tiene algo que no había visto nunca, que es que llevan dos percusionistas: un batería y un timbalero con dos grandes timbales, que se aburre un poco porque no participa demasiado. En cualquier caso, un toque de originalidad. El bajista y un guitarra se alternan al micro, hacen duetos y tal. La sorpresa final fue una versión del Ace of spades de Motörhead, por supuesto coreadísima.

 

Tras no más de veinte minutillos de rápido cambio con sus correspondientes pruebas de sonido, salió a escena Taake, cuyo cerebro, Hoest, es la personificación del black metal. El maquillaje, la cara de malo, la ropa de calle raída… En definitiva, la imagen más clásica de este estilo, sin exageraciones ni exceso de pinchos ni de adornos. Lo mismo se puede decir de su música, claro: black metal crudo y súper trú. Fueron unos cuarenta minutos de caña constante. Pero pasemos a la chicha, al morbo, a la carnaza, al espectáculo telecinquero: ¡cómo se emborrachó el hombre!

Tenía delante de la batería seis o siete vasos de líquido naranja dispuestos en perfecta formación, de los que iba bebiendo aleatoriamente y abrevando a sus comparsas de vez en cuando; empezó más o menos sereno, siempre teatrero, con mucha pose malévola y mucho reptar por encima de los monitores, pero hacia el final hacía gestos graciosísimos, movimientos estrambóticos, posturas absurdas, se le cayó el micro treinta veces…

Por suerte, en ninguna de esas veces le tocaba cantar; sólo hubo una vez que empezó a hacerlo y se dio cuenta de que tenía el micro suelto del cable, el cual se puso a atornillar con cara de concentración, pero enseguida siguió a lo suyo. Cuando tal llegó uno de los de Helheim y se puso a cantar con él cinco segundos, luego lo abrazó riéndose, le dio un rápido morreo (!) y se piró por donde había venido. El bueno de Hoest acabó tirándole la camiseta sudada al público, dejando así al descubierto sus tatuajes: una cruz invertida en mitad del pecho, un manchón (¿mapa de Noruega?) en una teta y un esqueleto infantiloide/grafitero con corona en un lado.

Sin embargo, por mucha payasada y muy borracho que estuviera, y sin yo conocer mucho su material, en ningún momento me dio la impresión de que se estuviera cargando las canciones o haciendo mal lo suyo, que es cantar y dar espectáculo, o sea que, a pesar de todo, ole por Taake, el concierto que dieron, los pogos interminables en la parte de atrás (en las primeras filas no hubo ni uno) y, sobre todo, el llenazo que logró en la sala, que los siguientes no pudieron mantener.

 

Esos siguientes de los que hablo son los maestros finlandeses Moonsorrow, esta vez con sangre de mentira, a diferencia de la anterior vez que los vi en Ucrania. Su tercer álbum, Kivenkantaja, cumple dentro de unos días una década desde su lanzamiento; quizá fuera esa, o quizá no, la razón por la que abrieron con Raunioilla, que también abre dicho disco. El set fue relativamente corto, sólo una hora, lo que en términos munsorrianos significa cinco canciones, pero bien aprovechado.

La segunda fue la esperadísima Huuto, que aunque está en el disco que sacaron hace exactamente dos años, no la empezaron a tocar en directo hasta hace unos meses, a petición popular, según creo. La pega fue que los teclados se oían muy poco; en la canción anterior no se notó tanto, pero en esta sí, porque en algunos momentos tienen bastante protagonismo, y había que imaginárselos. A cambio, la guitarra de Mitja Harvilahti –que, por cierto, estaba estrenando una nueva– se oyó como nunca durante todo el concierto, y por primera vez no tuve que usar la imaginación para apreciar el solo de Kuolleiden maa. Pimeä, que significa “oscuro”, empezó con todas las luces del escenario apagadas; y el contrapunto a tanta oscuridad fue Köyliönjarven jäällä, la única canción un poco más alegrilla. No tocaron Sankaritarina, eso sí que es raro. He aquí el repertorio en orden:

 


Raunioilla
Huuto
Pimeä
Köyliönjarven jäällä
Kuolleiden maa

…Y a modo de epílogo, sonó Matkan lopussa grabada.

Después de cuatro grupos, no se había acumulado ni un minuto de retraso. Flipante lo de estos suizos. Todo iba según lo programado, y a la hora prevista empezó a oírse una voz masculina cantando a capella una canción folklórica irlandesa: era la hora de Primordial. La intro duró tranquilamente tres minutos. Mientras sonaba y estando aún las luces apagadas, Alan Averill Nemtheanga, el hombre o bestia (no lo tengo claro aún) que acapararía sin escapatoria posible la atención de todos los presentes durante la siguiente hora y media, simplemente salió al frente del escenario, nos miró, se quedó allí quieto un rato y se volvió a ir.

Luego, terminada la intro, llegaron todos, se encendieron las luces, una guitarra inició un punteo, y según se le unía el bajo, el hombre o bestia presentó al grupo como hace siempre: “We are Primordiaaaaal! From the Republic of Irelaaaaaaand!” Tras eso, recitó un par de versos de la canción que ya estaba sonando, No grave deep enough, y cuando se unieron el resto de instrumentos, desapareció el hombre y quedó sólo la bestia.

A algunos quizá os parezca exagerado que escriba así sobre él, pero lo pensé la primera vez que lo vi, en el festival Madrid is the Dark de octubre del 2010, y lo repito ahora: Nemtheanga es el mejor frontman que en mi vida vi, se come con patatas a cualquier otro, y eso que vi algunos geniales; pero la energía que irradia este pavo no es ni medio normal, además que si fuera actor ya habría ganado siete u ocho premios Oscar. Su manera de escenificar cualquier cosa, lo dramático que se pone al cantar ciertos versos, cómo mira a la gente a los ojos… Esta vez hizo un papel un poco más oscuro que la anterior vez que lo vi: llevaba una capucha negra que no se quitó en ningún momento y unas tiras de tela atadas alrededor de las palmas, como si tuviera heridas.

En el aspecto exclusivamente musical, tuvimos la grandísima suerte de presenciar un concierto salpicado de rarezas. Acabada la primera canción, el hombre o bestia dijo que, como habían estado en Suiza poco tiempo antes, esta vez habían decidido incluir en el repertorio canciones que no suelen tocar, y la siguiente fue una de su debut, allá por 1995; unos cuantos pensamos que sería Fuil Arsa, ¡pero no!, fue Let the Sun Set on Life Forever. De las rarezas, la que más me sorprendió fue Traitors Gate, que además es de mis favoritas y pensé que nunca la iba a oír en directo; imaginaos mi emoción en ese momento.

Lo reconozco, ¡soy un flipado, jajajajaja!, pero de verdad que, sin ser un gran aficionado de Primordial en estudio (sólo tengo un disco y ni siquiera los escuché todos), tienen un puñadete de canciones que me encantan, y ver a ese animal interpretando una de tus favoritas, especialmente cuando no la tocan casi nunca… en serio, impresiona. Hasta tardé unos instantes en creérmelo, porque nunca me acuerdo de su nombre y no estaba seguro de si era esa. Yo la conozco como “The tyrant resurrected as king”, limitado que es uno…

Fue durante esa misma Traitors Gate cuando la bestia sin rastro de hombre empezó a señalar a alguien entre el público con gesto amenazador. A continuación saltó al foso, se subió a la verja en spidermánica pose, siguió señalando al chaval, y de un salto se plantó delante de él y lo encaró haciéndole retroceder, como si estuviera a punto de partirle la cara, la cual en esos momentos era un poema. Luego volvió al escenario, terminó la canción, y ahora es cuando no me queda claro si todo eso fue parte del teatro o de verdad pasó algo. Dijo algo que no entendí muy bien en plan “que no te vuelva a ver pegarle a una mujer, ¿los demás visteis eso?, ¿lo visteis?”, o eso creo haber entendido, pero luego sonrió agachando la cabeza y mirando hacia un lado. Fue un momento muy extraño.

La otra rareza que tocaron fue Cities Carved in Stone, que musicalmente no me acaba de convencer pero cuya letra está cargada de significado para mí. Las demás, a excepción de The Coffin Ships, fueron todas de los dos últimos discos. Las del To the Nameless Dead ya las había oído y me gustó volver a hacerlo; sólo habría cambiado Heathen Tribes, que dedicaron a Moonsorrow, por Gallows Hymn y habría sido un concierto perfecto. Del Redemption at the puritan’s hand, que personalmente creo que tiene varios temas bastante flojos, dieron exactamente con mis tres favoritas.

Se suponía que tenían que acabar a las doce menos cuarto, pero desde bastidores les dijeron que podían tocar un poco más, y gracias a eso pudimos disfrutar de la cuasi baladística The Mouth of Judas antes de cerrar con Empire Falls. Resumiendo: un concierto bestial, genial, tremendo, impresionante, podría seguir listando sinónimos y seguiría sin poder expresar la grandeza del espectáculo que vivimos en Pratteln, Suiza, en esa hora y media.

 

No Grave Deep Enough
Let The Sun Set On Life Forever
Bloodied Yet Unbowed
As Rome Burns
Traitors Gate
Cities Carved In Stone
The Coffin Ships
Heathen Tribes
The Mouth Of Judas
Empire Falls

REPORTAJE ABEL