Si he de ser sincero: limitarme a escribir una crónica sobre la experiencia de Hammersmith sería algo inconcluso, ya que por necesidad lleva ligadas una serie de experiencias colaterales que probablemente sean la razón por la que año tras año, Motörheadbangers de todo el planeta viajen al frío entorno londinense para venerar al más grande de todos los mitos en la historia del Rock N’ Roll.

Lo que meses de antelación prometía ser una experiencia única, días antes se convirtió en un verdadero infierno. El pasado martes 8 de noviembre la web oficial del grupo anunciaba la cancelación de su concierto de Bristol, y el pánico se apoderó de muchos de nosotros. Lemmy estaba fuera de juego por culpa de un corte en su mano izquierda, algo que parecía poco grave en un principio un día después conllevó una segunda cancelación consecutiva. En este punto, he de agradecer infinitamente la colaboración de su manager Ute, que desinteresadamente se prestó a informarme de la situación a medida que avanzaban los días. Con Norwich (11 de noviembre) también anulado, la noche del viernes veía Valencia desaparecer entre las nubes con la preocupación de estar volando en vano a aquel grandioso teatro que el 19 de octubre de 1975 se vio consumido por primera vez bajo el arder de la maquinaria inglesa…

Tras un par de vueltas en círculos por el aeropuerto de Gatwick y un frío de cojones mientras esperaba el autobús público, el hotel resultaba más acogedor que nunca y en su bar cayeron las primeras Guinness del fin de semana…cuyo número ahora mismo no sabría expresar con exactitud. Con los párpados aún pegados, más de dos horas de viaje me llevaron la mañana siguiente a través de los verdes campos que lindaban las carreteras. Por fin la grandeza de Londres se abría ante mí, mientras me lanzaba decidido a la boca del maldito Underground en dirección al distrito de Hammersmith. Hay cosas jodidamente incomprensibles en este mundo…y la peor de ellas probablemente sea ese puto Metro.

Por fin llegaba ante las puertas del Hammersmith Apollo, diseñado por Robert Cromie en 1931, siendo una parte fundamental del patrimonio británico y no solamente por cuestiones arquitectónicas. Sus paredes (bajo el nombre de Hammersmith Odeon a partir de 1962) albergaron artistas de la talla de The Beatles, The Rolling Stones o el inolvidable Bob Marley. En relación con nuestros abanderados, como bien decíamos en 1975 ofrecían el doceavo show de su carrera en Hammersmith Odeon, siendo la primera de una larga lista de presentaciones en el mismo. Sin embargo, su álbum en directo de 1981 No Sleep ‘til Hammersmith (uno de los más grandes éxitos que Motörhead ha tenido en las listas británicas) es el que convirtió este recinto en un lugar señalado para la formación…ante el curioso dato de que el título simplemente remite a una herida que el animal Taylor tuvo en la cabeza tras un concieto, recogiéndose únicamente en el directo temas de sus tres shows de  Newcastle y Leeds.

Su historia sin duda marca precedente: pero el hecho de ver ‘MOTORHEAD‘ en letras color rojo intenso acompañado por aquel SOLD OUT debajo fue la razón definitiva para que soltara la malenta y me quedara rendido ante la grandiosa imagen. Tras un buen atraco de comida basura y otro buen atajo de cervezas locales (sea lo que sea que uno pueda adquirir en las licorerías no tiene desperdicio), me dirigí a un Pub cercano en donde pude ver algunos minutos de España-Inglaterra que curiosamente jugaban el mismo día en Wembley. Segúian corriendo los vasos de Guinness, y por fin era el momento de ir ocupando un lugar en la cola de entrada que ya olía a cuero y cerveza, con un pequeño grupo de cerdos que hacían rugir sus motores a unos metros.

Como es costumbre, al abrir la valla me dispuse a planear una entrada rápida para ubicarme en las primeras filas: pero el abrumante sentido del orden de los ingleses me dejó verdaderamente descolocado. Las primeras filas eran algo aparentemente carente de interés: la barras se llenaron, y con la misma tranquilidad que la de alguien que sabe que tiene un asiento asignado, unos se disponían a sus alrededores y otros pocos caminaban vagamente hacia el escenario. Increíble pero cierto: estaba en primera fila, incluso habiendo tenido tiempo para comprar una camiseta (por la que tuve que donar un órgano) y echar una última cerveza. La visión de sus adentros, era sin duda el más grande de los espectáculos: padres y madres con traje recién salidos de trabajar, niños de unos 7 años en adelante con la camiseta clásica, y una media de edad que a mi parecer rozaba los 30. Todos inmersos en la grandeza de un teatro que resultaba impresionante, y que a simple vista nadie consideraría el escenario idóneo para este tipo de evento…sin embargo ahí estábamos más de 5 mil fanáticos que de un momento a otro nos vimos sumidos en la oscuridad.

Todo buen seguidor de Motörhead tiene algunas nociones de Punk Rock, bien sea por disfrute personal o bien por mera conexión con su entorno…lo cierto es que a nadie le fue indiferente presencia de UK Subs encima de las tablas. Es más…la locura se desató en torno a su tercer tema, y no podría pensar un clímax más idóneo que el que vivimos en las primeras filas para verles. En cuestión de minutos, las gárgolas inglesas se desataron como animales furtivos y faltaban metros de suelo para el círculo central. La tradición del Punk es algo que sin duda se entiende de una manera muy diferente en el seno londinense…la comunión en ese espacio no podía ser más natural. Nada de mirar por encima del hombro: era una cuestión de respeto casi cultural podría decir, en donde poco importaba de donde venías y qué te había llevado hasta ahí.

Sorprendido por el buen rollo que se vivía, era ley unirse a ellos y como uno más rodar por el suelo empapado de cerveza. En el escenario, Charlie Harper se mostraba con la naturalidad y el desenfado que sólo puede caracterizar a un músico que lleva desde el ’76 pateando cables. Dejando de lado las poses, ejerció un liderazgo absoluto que tan solo le costó un par de saltos y algún que otro trasteo con el pie del micro. Jet Storm ya se había dejado ver un rato antes en la puerta del teatro, aportando una imagen que verdaderamente descolocaba en un primer momento. Guitarra en mano, las piezas empiezan a encajar y ver tambalearse al asiático de zapatos blancos por el escenario es todo un espectáculo. Algo más ‘Grunge’ se prestaba la visión de Alvin Gibbs, sin desmerecer con esto su entrega absoluta con el bajo a la altura de los tobillos; mientras a sus espaldas Jamie Oliver hacía saltar en mil pedazos los parches de su simple kit de batería. En mitad del hervidero de cabezas y codos en el que estaba metido, pude reconocer temas insignia como el imperecedero Warhead, Down On The Farm, Rockers o Hell Is Other People. Sin duda un buen chute de adrenalina que además de ponernos a tono nos dejó a todos con mucha sed de sangre…

Con el sudor aún corriéndonos por la frente, el segundo plato se presentaba igual de suculento: la leyenda de Anti-Nowhere League asaltaba el escenario con la decisión de un regimiento. La puesta en escena en este caso era notablemente más dura: su estilo se alejaba un tanto de ese espíritu ‘Ramonero’ que tanto me cautivó momentos atrás, para sumirse un Punk más duro intensificado por la soberbia presencia de Animal. Radicalismo es un término blando para calificar a este individuo: una máquina de matar que sin reparos volcaba sobre las tablas lo peor del ser humano en lo que supuso una verdadera declaración de intenciones. El resto de la formación, Shady (bajo), Nato (batería) y Tommy H (guitarra), mantuvieron posiciones sin cesar en ningún momento la descarga que trajo consigo temas como el gran So What!, Let’s Break The Law, Streets of London o We Are The League.

El ambiente estaba cargado a más no poder, y las chupas de cuero y demás abrigos empezaban a caer en el suelo en una tregua al calor, que muchos ayudamos a mitigar con una buena birra traída por los milagrosos ‘hombres lata’ que se abren paso entre el público en los festivales con sus mochilas cilíndricas. La espectación se había convertido en ansiedad, y la ansiedad se tornó desquicio cuando las luces volvieron a apagarse…entre un escándalo de sirenas, gritos y luces intermitentes, Killmister pisó el escenario y los más de 5 mil Motörheadbangers que estábamos a sus pies perdimos toda noción del comportamiento humano. En mitad de la oscuridad sonaron esas palabras que para muchos de nosotros son una forma de vida: We Are Motörhead, And We Play Rock And Roll…Hammersmith ardía, y Bomber dio inicio a más de dos horas que sin duda van a quedar marcadas en la piel de muchos.

El año ’79 seguía pegando con fuerza, y su album Overkill tenía su primera representación de la noche con Damage Case, mientras Lemmy hacía gala de una zurda que al parecer no sólo había cicatrizado, sino que estaba resultando más destructiva que nunca. Como siempre, el maestro Campbell estuvo ciegamente entregado a su labor, intercambiando gestos con las primeras filas en sus habituales acercamientos al borde del escenario. Un derroche de buen humor, que si tenemos ocasión de contemplar entre golpe y golpe siempre se agradece por parte del público. La contienda estaba resultando más intensa que nunca, y 10 segundos fueron suficientes para dejar reposar la maquinaria: I Know How to Die, la joya de su reciente The Wörld Is Yours, nos machacó los huesos como precedente del inmortal Stay Clean. 

El trío iniciado por este tercer exponente de 1979 nos destrozó el pecho a base de ásperos alaridos que poco habrán tenido que envidiar a la crew de principios de los 80, cuyas voces quedaron inmortalizadas en numerosas ocasiones, y que como nosotros rindieron culto en la consecuente Metropolis y la insuperable Over The Top (que a título personal he de decir que me hace perder los estribos de una manera incontrolable). Escuchar a Mikkey en temas como este es una verdadera tortura, estando más que justificado el sentimiento generalizado que muchos de nosotros tenemos de estar ante uno de los baterías más grandes de todos los tiempos…

Sin embargo, era el momento de Phill, que edificó un intenso solo tras One Night Stand con la suavidad y la emotividad a la que bien nos tiene acostumbrados a aquellos que llevamos años siguiéndole los pasos. Ante el digno homenaje que nuestras (ya carrasposas) voces le ofrecieron, se abalanzaba sobre nosotros otro de los grandes himnos de la formación: The Chase Is Better Than the Catch volvía a convertir la pista del Hammersmith en una catástrofe de brazos y puños que acompañaban la ronca voz del maestro.

Su nuevo trabajo volvía a aflorar con Get Back In Line, que sonó con un brillo y una claridad espléndidas, ante un público enteramente volcado a su pegadizas estrofas. La cosa tomó un tono aún más intenso con Rock Out, que a muchos de nosotros nos dejó literalmente destrozados contra las vallas…la violencia con la que el público inglés se sacudió durante esos minutos fue un espectáculo digno de ver, y por supuesto de padecer. Manteniéndose en la última etapa de su carrera, The One To Sing The Blues fue la excusa perfecta para que el animal de Mikkey hiciera explotar el teatro con su demoledor solo de batería, el cuál como es de costumbre se llevó un sinfín de rugidos entre el público: que sin ir mas lejos ve reflejada en su figura el poderío y la trayectoria de la maquinaria de Motörhead. Simplemente: un grande.

Las luces se atenuaron poco a poco hasta dejar los rostros de Lemmy y Phill iluminados por una intensa luz verde. El ‘maestro muerte’ nos mostraba su faceta más horrenda en un Orgasmatron de ritmo jadeante, en donde el bajo crujía hasta descorchar las paredes…

Introduciéndola mediante un saludo a los pocos brasileños que también habían viajado desde la lejanía para asistir al evento, empezaron a sonar los primeros acorde de Going To Brazil. El ritmo de decaía, y el público parecía no cesar su sed de locura: las camisetas volaban, y los músculos ya eran inmunes ante cualquier tipo de agresión. Killed By Death era el segundo engranaje de la peligrosa espiral, llevándose junto con Iron Fist lo que parecían ser nuestros últimos suspiros. El frenético sonido de esta combinación mortal resultó ser un broche perfecto para esta insoportable sesión de tortura de 16 temas.

El ansia de más y más sangre hizo estallar entre las paredes del Hammersmith un griterío constante, que sin duda sería digno de observar desde encima de las tablas. Las luces se encendían tras los coros, y tanto Mikkey  como Phill salían con guitarras acústicas augurando una sorpresa que hace años que no disfrutaba en vivo. Lemmy salía con la camisa abierta, caracterizado por su  impagable humor, mientras el sonido brillante de la madera hacía temblar el suelo al ritmo de  Whorehouse Blues. Harmónica en mano, el carismático líder nos dejó vislumbrar lo mejor de sus años, llevándome unos minutos más tarde la toalla del propio Mikkey (dato que como entenderéis, tenía que incuír…).

La penúltima estacada era un mito que obligadamente tenía que resonar entre las paredes del histórico teatro: Ace of Spades mutilaba a base de olas de distorsión los cuerpos machacados, que como mejor podían se entregaban a la espera de un final ya casi asegurado. Pero quedaba aún por venir el momento más emotivo de la noche: con lágrimas en los ojos (hecho que aún no acabo de comprender, dado que no logro discernir si se trataba de rabia o emoción) veía caer sobre nosotros la descarga de Overkill, que en ese momento, estaba sonando como jamás antes había sonado. La infinita violencia de la batería, el soberbio arrastre de los acordes y la gloriosa línea de bajo se conjugaban en una monstruosa abominación que nos robó el aliento, la vista y los últimos suspiros que nos quedaban…Motörhead acababa de hacer volar por los aires el Hammersmith, y envuelto sen el acople final del bajo contra el ampli, empezábamos a ser conscientes de que habíamos vivido un verdadero hito.

Abultados en la salida, las motos engrasadas rugían como bestias y la bebida corría sin control…en mitad de aquella muchedumbre, un servidor estaba petrificado con un piti en la boca mientras miraba esas letras rojas…cada día queda más claro; no es una banda, no es una religión: es una puta forma de vida.

Better Motörhead Than Dead

Redactor: Leo

Fotografía: Cristina M

Agradecimientos: Michal Janoušek, Ute  Kromrey