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Si a alguno os da por buscar en el diccionario el término “coloso”, dos son las definiciones que acabareis encontrando de una u otra manera. La primera, se refiere a las enormes estatuas que pueden llegar a exceder en mucho a sus originales; La segunda, a personas o cosas que por sus cualidades, destacan ampliamente del resto. Esta última acepción, es la que nos viene a la cabeza cada vez que Meshuggah tienen que defender sus ecuaciones musicales sobre un escenario.

La oportunidad que nos brindaron el domingo pasado en Durango, no quedara como la excepción que confirme la regla anteriormente expuesta. A pesar de que se hayan acabado convirtiendo en las vacas sagradas de todo un estilo, y que sigamos pudiendo encontrar motivos suficientes como para ponerles algún pero- si se sabe donde buscar- es innegable que la propuesta de los suecos, continua siendo de otro planeta. Simple y llanamente, son tan abrumadoramente buenos, que ni su peor enemigo se los imagina dando un concierto mediocre.

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No cabe duda de que este dato, fue crucial para que un conjunto que vive tan alejado de los convencionalismos, fuese capaz de lograr una fantástica entrada el pasado domingo en la sala Plateruena. No llegaron a llenar como lo hicieran una semana antes Fear Factory, pero no dejaron demasiados huecos por cubrir. Un público relativamente heterodoxo, iba a ser el beneficiario  de la congoja montada por los titanes de Umea.

Como aperitivo con el que ir entonando, saltaban al ruedo los suecos  C.B. Murdoch, para presentar sus paranoias musicales en sociedad. La mitad de sus integrantes, formaban parte de la desaparecida banda de culto Mörk Gryning, y no fueron pocos  a los que este dato les produjo cierta curiosidad. Sobra decir que las tesituras en las que se maneja hoy en día este conjunto, nada tienen que ver con el Black Metal que se marcaban en sus años mozos. Practican un Death técnico, que posee marcadas similitudes con los cabezas de cartel a los que se refiere esta redacción.

Una propuesta arriesgada  para cualquier otro día, pero que casaba perfectamente con el cartel que nos tocaba presenciar. Fue una lastima que no consiguieran llevar a buen puerto, todo lo que apuntaban sobre el papel.  Sonaron mal y deslavazados, y en ningún momento conectaron con la audiencia que tenían ante ellos. A buen seguro que tendrán días mejores, pero si todas sus noches terminan siendo como esta, parece difícil que puedan llegar a hacerse un nombre digno de ser recordado.

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Dejando atrás los prolegómenos, nos llegaba la oportunidad de rencontrarnos con una de las bandas más solventes, en lo que a Death Metal técnico se refiere. Decapitated volvían a Durango un año después, para volver a presentar su última creación ante un público ávido de filigranas sonoras. Nunca han llegado los polacos a ser tan marcianos como Meshuggah, pero su música, cuenta con suficientes matices como para que su inclusión en la velada estuviese más que justificada.

Contando con un sonido más discreto de lo que se esperaba, salieron al escenario enfundados en la habitual mala hostia que siempre les acompaña. Las luces continuaban enfocando al público, pero desde el primer segundo, todas las miradas se cernían sobre el carismático frontman, que tiene la papeleta de suplir a Covan.  Rafal Piotrowski lleva por nombre el pequeño cantante- de enormes rastas- que se adueñaba de la actuación, sin que nos hubiese dado tiempo siquiera a pestañear. Antes de que Pest hubiese dado comienzo, ya se había acercado en un par de ocasiones sobre las primeras filas, para susurrar entre gruñidos,  que Decapitated no habían venido hasta Durango para pasar la noche.

A pesar de la demostración de entrega, el público de los polacos respondía con relativa frialdad. No se trataba este de un concierto en el que fuésemos a asistir a brutales circle pits. Esto es algo que suele ocurrir cuando la banda que cierra una gira, lleva la etiqueta de “técnico” adosada a su estilo. Lo mismo dio que el quinteto rescatara Mother War, que hiciera girar el molinillo al ritmo que marcaba  Post(¿) Organic.  El respetable parecía necesitar algo más para entrar en trance.

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Los momentos noticiables, eran escasos para los que hemos tenido la oportunidad de contemplar a esta banda en unas cuantas ocasiones, durante su última gira. Esto no deja de ser una manera educada de decir, que Decapitated a veces parece que van con el piloto automático puesto. Dan pocas sorpresas en lo que a repertorio se refiere y su puesta en escena, nunca difiere demasiado del anterior concierto que les has visto. Personalmente espero que tengan listo su nuevo disco, antes de que vuelvan por estos lares para volver a presentarnos su Carnival is Forever.

Recuperando el hilo con el que se abría esta crónica, por fin nos tocaba el turno de encarar al terrible coloso que se iba a encargar de dar carpetazo a la noche. Un monstruo de un solo ojo, que porta guitarras de ocho cuerdas y que tiene a la discordancia, como su principal recurso para intimidar. Una curiosa suerte de entidad avasalladora, que solo responde al  curioso nombre de Meshuggah. El Alpha y el Omega para toda una generación de eruditos de lo extremo, se presentaba en la Plateruena, para cobrarse unas cuantas neuronas a su paso.

Con la solemnidad propia de quien no está para muchas bromas, los suecos fueron tomando posiciones, mientras las notas de Obsidian comenzaban a sonar desde los altavoces. Demiurge fue el primer yunque con el que la banda iniciaba su lección de hipnotismo colectivo. No tardamos en apreciar, como la sala respondía perfectamente a los estándares de sonido que precisa esta gente. Un volumen atronador en el que las guitarras, sonaban tan graves como el bajo, dejaba hueco para que Jens Kidman, se desgañitara sin tener que renunciar para ello a su pose mesiánica.

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El tripi musical en el que nos veríamos envueltos,  atravesaría seis cortes que pondrían a prueba nuestra resistencia como melómanos. Desde Pravus hasta The Hurt That Finds You First, se nos fueron ofreciendo algunos de los parajes que adornan los últimos trabajos de Meshuggah. Complicado resultaba tratar de recordar que fragmento venia después del anterior. Todo parecía un único tema, que no parecía necesitar cortes para despertar admiración, un sonido que se te iba metiendo dentro, a pesar de que tu cerebro tratase de impedirlo, una vez tras otra.

El punto de inflexión, nos iba a llegar propiciado por la voz en off de Mind´s Mirror. La calma se adueñó del recinto por unos minutos, y nuestra mente trató de comenzar a recomponerse. El aparente respiro, vino acompañado por los alucinantes lasers que brotaban del escenario, y dejaban la puerta abierta, a una nueva sesión de destrucción encefálica. El recuerdo al Catch 33 tan solo sería el preámbulo de lo que se nos acabaría viniendo encima.

Sin mostrar la más mínima preocupación, volvieron a afilar sus instrumentos para encarar la recta final, a base de clásicos inmisericordes. Escogiendo sabiamente de entre la artillería pesada con la que cuentan los suecos, nos sirvieron Bleed, New Millenium Cyanide Christ y Rational Gaze  como guindas envenenadas para ir haciéndonos a la idea de que aquello no iba a durar mucho más. Chirriando y envolviendo, volvían a dejarnos hechos trizas mientras el juego de luces bailaba al son que ellos dictaban. Pocos han sido los conciertos en los que haya podido contemplar semejante demostración de coordinación entre luminotecnia, y sonido ambiente. La estampa no necesitaba de más complementos para resultar demoledora.

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Quedaba por mostrarse el único guiño a los dos primeros discos, que tendrían la decencia de ofrecernos. Esperaron hasta los bises para que nos preguntáramos, si no hubiese sido mejor que la maquina en la que se ha convertido hoy en día Meshuggah, no podía haber continuado haciéndonos doblar el espinazo como lo hacía cuando la banda comenzó a andar. No quedaron respuestas validas después de Future Breed Machine. Han sido muchos años los que han tardado en convertirse en lo que son hoy en día. El impacto directo, hace demasiado que dejó de importarles. La esencia que resume Dancers to a Discordant System, es todo lo que necesitábamos saber cuando los zumbidos hubieron cesado.

Los puedes tomar, o los puedes dejar. Puede que lo tuyo no sean las matemáticas, y no estés interesado en presenciar como se desmenuzan los sonidos, mientras tu cuerpo rebota entre ecuaciones imposibles.  Creedme, soy de letras puras, se lo paradójico que puede resultar buscarle sentido a un conjunto de notas, que chocan contra tu propio sentido del ritmo. Dejarse llevar es la única solución posible. Verlo en directo rodeado de otros como tu, es algo memorable. Aunque la burbuja en la que Meshuggah encierre su música, no deje de alejarse cada vez más, sigue mereciendo la pena tomarse la molestia de intentar ver hacia donde nos quiere llevar.

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