CRONICA GASPAR

El 24 de abril aterrizaba en la capital  una de las giras más brutales de este año,  los canadienses Cryptopsy volvían a la carga para presentar su último trabajo. Un disco que tras unos años de incertidumbre los vuelve a colocar como valor seguro en la vanguardia del Brutal Death más técnico y arriesgado. Para ésta ocasión venían acompañados ni más ni menos que de cuatro bandas.

Encabezando el cartel los californianos Decrepit Birth, recientemente incorporados a la escudería de la todopoderosa Nuclear Blast, y la leyenda del Grind-Death Cattle Decapitation. Un menú para paladares muy exigentes y oídos curtidos, un concierto no apto para pusilánimes que tuvo su emplazamiento en la sala Cats, famosa discoteca madrileña y templo de las noches fashion, que vio como  hordas de metalheads profanaban sus muros durante el mes de abril, debido al cierre temporal de la sala Caracol, con el consecuente traslado a la Cats de varios de los conciertos programados.

 

Con un horario muy tempranero, a las 19.25h, hacían acto de presencia los belgas The Last Shot of War, en este caso encargados de dar el primer disparo. Se enfrentaron a un aforo muy escaso y con el agravante del gran tamaño de la sala, lo que hizo que estéticamente quedara muy deslucida la cosa. Sin exagerar conté veinte personas. Normal si tenemos en cuenta la prontitud de la actuación.

Los muchachos se esforzaron por agradar a la poca audiencia con que contaban, pero el público resultó en todo momento apático.  Quizás el perfil de oyente que asistía al evento, no se sentía indentificado con la propuesta del  joven quintento, que se presentaron con un estilo muy sport, practicando un death core de nuevo cuño con muchos elementos contemporáneos tales como algunas partes cantandas con voz emo, o incluso partes electrónicas.

Aún así, ellos pusieron empeño en desgranar los temas de su segundo disco, el recién salido del horno Piece of Hate. Lo descargaron prácticamente entero y en orden. Así tras la intro Perversión, fueron cayendo las lentas y pesadas Beyond The Nightmare of Dreamer, Obscene Whisper, para dar paso a una parte final más variada, donde se incluían las voces cantadas de las que hablaba al principio, en temas como This Sensation o un final con samples maquineros en Bill To The Death. Así terminaban los veinte escasos minutos de que dispusieron, dejándonos con una sensación de que quizás en otro tipo de evento hubiesen cuajado bastante más.  No obstante a los belgas no les faltan ganas de abrirse un hueco en su escena, en otras circunstancias lo tendrán más fácil.

 

Bastante más interesante me resultaron los The Way of Purity. Estos activistas de la igualdad animal, se presentaban como una banda enigmática, de la que no se sabe la nacionalidad de sus miembros. Sólo la vocalista aparece en las fotos a cara descubierta, el resto cubierto por pasamontañas. Según el periodismo de investigación que pudimos hacer esa noche,  podrían ser ingleses, aunque en el youtube aparecen en algunos videos cómo banda noruega. Sea como sea, el misterio continua.

Nacionalidades aparte, su música es altamente original, un híbrido de death metal sueco, y metalcore, aderezado con influencias de otros estilos más alejados.  Al habitual combo de guitarra, bajo y batería, hay que añadir la labor de una teclista que otorga a su música un halo atmosférico y misterioso y con una aguerrida  frontwoman que no muestra ningún problema a la hora de romperse las cuerdas vocales emitiendo guturales y gritos.

Su disco debut, Crosscore, fue producido por Christian Donaldson de Cryptopsy, y con él comenzaron al golpear, primero con Sinner un tema muy death, con melodías suecas que termina por derivar en sonidos industriales, y que marcó un punto de inicio contundente y agresivo que nos permitió apreciar cómo se las gastaba la banda. Mostraron una puesta en escena de estética original, en la que el batería aparecía con la cara pintada de negro y el bajista y teclista con los rostros cubiertos por máscaras. La única pega que podemos poner es la necesidad de que la cantante se sienta más cómoda en su papel, para así congeniar mejor con el público. Nada grave teniendo en cuenta que hablamos de una banda muy joven y que a buen seguro limarán todas esas aristas a base de experiencia en los conciertos.

El show continuó centrado exclusivamente en su último disco Equate dónde pudimos disfrutar de su vena más experimental, que abarca desde sonidos post-punk en temas cómo Artwork of Nature o Eternal Damnation, hasta puro y duro black metal en temas como Keep Dreaming, con la que finalizaron. Un grupo muy sorprendente  que habrá que seguir de cerca y que dejaron un buen sabor de boca entra una audiencia bastante más nutrida que al principio.

 

Tras una larga prueba de sonido, el reloj marcaba las 20.50h, y en medio de la oscuridad sonaban los primeros acordes de Of Genocide, intro instrumental con la que daba arranque el concierto de Decrepit Birth. Saltaron a la arena capitaneados por el carismático Bill Robinson, cantante y principal baza de cara al público. Un personaje muy peculiar de largas rastas rubias, barba de cavernícola, rostro surcado por múltiples arrugas, homeless voluntario y sobre todo frontman que suda sangre por lograr la reacción del público.

 De hecho el contraste con el resto de miembros era bastante patente. Mientras Bill jugaba con el público “lanzando hechizos” imaginarios, alentando los pogos, o ejerciendo de Master Of Puppets con el guitarrista, los músicos mostraban una actitud más estática, muy concentrados en la ejecución de sus instrumentos, pero poco dados a shows escénicos.  Muy destacables resultaron el batería Sam Paulicelli y la pareja de guitarristas Matt Sotelo y  Chase Fraser, muy jóvenes e insultantemente técnicos para su edad, por lo que, no nos aventuraremos mucho si les auguramos un próspero futuro en el mundo de la música.

En la media hora que duró el show desgranaron un equilibrado set list con dos temas de cada uno de sus tres discos. Así tras iniciar la actuación con The Infestation,  Brutal Death  pesado y musculoso de su primer disco, …And the Time Begins, el quinteto dió paso a la versión más técnica y elaborada de la banda con temas como Diminishing Between Words, de su segundo disco de mismo nombre, o The Resonance de su último trabajo Polarity.

El momento más álgido del show se produjo con la versión de Crystal Mountain, de los míticos Death, un tema muy bien traído ya que las influencias de Schuldiner y cia es muy palpable en la banda, sobre todo en el tratamiento de las guitarras. Y con ésto daba fin a la corta actuación, que a pesar de adolecer de cierta linealidad en los temas, y un sonido no del todo nítido  que impedía oir con claridad las guitarras dobladas y algunas melodías, dejó buen sabor de boca al público que ya comenzaba a calentarse y había montado los primeros pogos.

 

Tras un descanso de veinte minutos, a las 21.40h, irrumpieron en escena los Cattle Decapitation. La sala albergaba definitivamente a todo el público asistente al evento. Aproximadamente casi 200 personas que parecían bastantes menos debido al tamaño de la sala Cats. Y ¿qué decir?, que los rezagados hicieron muy bien en unirse en este punto de la noche, pues si no se hubieran perdido la explosión de locura y macarreo en forma de Grind-Death de estos californianos enemigos del negocio de la alimentación y partidarios de la supremacía animal.

La intensidad y esquizofrenia del show no se vio ensombrecida por ningún detalle. El sonido era en todo momento atronador, e incluso las partes melódicas de temas como Your Disposal, se escucharon con completa nitidez.  Durante sus 40 minutos se dio un repaso a fondo a su séptimo trabajo de estudio, esa oda a la brutalidad llamada Monolith of Inhumanity, comenzando por la furia de The Carbon Stampede, un infierno de blast beats y gritos asesinos que marcaron el terreno desde el principio, y dejaron una cosa clara, la locura nos iba a poseer con Travis Ryan como maestro de ceremonias.

 Si antes relatábamos las bondades del frontman de Decrepit Birth, con el señor Ryan pasamos a otra dimensión: voces cantadas, gritadas, guturales, movimientos de poseso, malabares con sus propios escupitajos, simulaciones de ahorcamiento con el cable del micro…todo un terremoto cuyas ondas sísmicas alcanzaron de lleno al público ya completamente entregado a romperse la cabeza.

El show sucedió rápido y sin concesiones, alternando temas como Dead Set on Suicidie, en que hicieron gala de una demoledora brutalidad tradicional en el género, con otros más innovadores como Lifestalker, cañonazo que puso a la sala en pié, y dónde nos demuestran que el Grind-Death también puede atesorar originalidad e incluir estribillos melódicos e incluso partes blackers sin que desentonen lo más mínimo con la descarga de violencia sonora o con los estándares de pureza del género.

La calidad de la base rítmica era de sobresaliente. Así lo atestiguaron la mala bestia que castigaba la batería y que sustituía a David McGraw tras ser intervenido en Berlín de un tumor en la axila (existe video!!!!) y el portentoso bajista Derek Engemann. Todo un espectáculo ver tocar a este hombre, luciéndose especialmente en el tema más death y pesado de la noche, Forced Gender Reassigment. Con  la enigmática oscuridad de Kingdom of Tyrants se ponía fin a una actuación redonda que para muchos fue superior a la Cryptopsy, debido al feeling y autenticidad que desprenden los de San Diego en el escenario.

 

Los amos y señores del Brutal Death Metal más técnico y enrevesado volvían a la península.  Eran las 22,35 de la noche cuando comenzaba todo. Tras una música apocalíptica que hizo de maestra de ceremonias, el cuarteto de Cryptopsy comenzaba la locura desenfrenada de Two-Pound Torch, de su último disco. Un disco que ha servido para reafirmar su papel en la escena tras los bandazos dados en los últimos años,  viviendo puntos tan complicados como el divorcio entre banda y seguidores que estuvo, a punto de producirse tras la salida de su controvertido The Unspoken King, disco que abandonaba la oscuridad y brutalidad típicos de la banda en pos de un sonido más moderno y actual con toques de metalcore y que no gustó a casi nadie.

Pero rectificar es de sabios y con esta gira pretenden volver al trono del que nunca debieron caerse.  Buena fe de ello lo da el set list de esta gira, muy centrado en los clásicos None so Vile y Whisper Supremacy, los discos que los colocaron en el top mundial del Death y de los que pudimos admirar en todo su esplendo obras de arte como Benedictine Convulsions  o Emaciate, las elegidas para comenzar el concierto. La banda en todo momento fue una apisonadora en el escenario. Flo Mournier sigue siendo un espectáculo con las baquetas, imposible seguir sus rápidos movimientos de brazos y los múltiples cambios de ritmo. Todo un privilegio poder asistir a una demostración de poder de este dios de la batería.

No podemos olvidarnos de la increíble labor desempeñada por el bajista Olivier Pinard y por el guitarra Christian Donaldson, todos ellos hacen una máquina de guerra perfectamente engrasada que hipnotiza al público. Este se encontraba dividido entre los que se lanzaban a la orgía de pogos y los que permanecían embobados mirando durante minutos a alguno de sus componentes mientras desarrollaban acordes imposibles y destrozaban las cuerdas al ritmo de White Worms o Grave of the Fathers. Y es que hablamos de músicos muy técnicos. Notable fue el papel de Matt McGachy, haciendo de gala de una tremenda voz gutural y mostrándose muy comunicativo con el público, rompiendo así con la excesiva frialdad del resto de la banda. Aunque hay que reconocer que se puede echar de menos a Lord Worm, sobre todo por su personalísima voz y carisma sobre el escenario.

La brutalidad no dio ni un segundo tregua, y la recta final del concierto fue de infarto, con trallazos de la talla de Cold Hate, Warm Blood o Shag Harbour´s Visitor, dónde Matt aseguró que su último disco, auto-producido, había sido exclusivamente por y para nosotros. Para terminar nos esperaba una sorpresa muy especial, un medley de su primer disco, Blasphemy Made Flesh. Siete minutos de pura gloria donde la técnica y agresividad habituales de la banda se dan la mano con una oscuridad muy marcada que hace que éste disco tenga un lugar muy especial en su discografía. Así lo mostró el público, enloqueciendo como no lo había hecho en toda la noche.

Tras abandonar el escenario la gente quería más brutalidad, y los canadienses atendieron a la llamada, derritiendo definitivamente nuestro cerebro con Split Your Guts y Phobophile, dos clásicos enormes  que supusieron un epílogo perfecto al regreso de una banda que ha vuelto al redil, abandonando cualquier coqueteo con la modernidad. Y es que es en el Brutal Death donde la banda encuentra su razón de ser y la principal motivación para sus fans.

REPORTAJE BEA Y RUBEN

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