Diez euros pueden suponer poca cosa cuando se emplean debidamente. Se tiende a ver como un importe excesivo en los tiempos que corren, si lo que se nos ofrece en contraprestación son dos bandas de corte underground. El concepto de lo que resulta caro, es difícil de cuantificar si no se conoce a pies juntillas lo que se va a ver. Esa es la gran respuesta al porque una amplia mayoría de potenciales seguidores, dejan escapar conciertazos como el que se nos brindó el pasado jueves en la sala Edaska.

Teníamos la oportunidad de presenciar a dos grupos con orígenes muy distintos, pero relativamente similares en las formas. Clockwork por ejemplo, aun no han editado un LP completo pero ya han conseguido hacerse un pequeño nombre dentro del panorama estatal. Un numero decente de apariciones en festivales, han servido para darse a conocer de la mejor manera posible. El boca a boca siempre ha sido la mejor opción cuando se empieza desde abajo.

El caso de Criminal es bien distinto. Llevan media vida siendo un grupo respetado en Chile y nunca han terminado por dar el salto a la siguiente división. Los éxitos se negaban a llegar a pesar de que contaban con potencial suficiente y es por esto, que pasaron una gélida temporada en el limbo de los grupos olvidados. La inclusión de Anton Reisenegger en las filas de Lock Up, fue el detonante para que la banda comenzase a funcionar con la ilusión de quien vuelve a nacer. La incorporación del guitarra de Gamora, acabó siendo el empujón que les faltaba. Su último disco titulado Akelarre, la clara constatación de que Criminal, están más vivos que nunca.

Retomando donde lo habíamos dejado, hay que decir que la sala Edaska contaba con una entrada por debajo de lo esperado. Me reitero en ello para que quede claro que, antes de que los músicos enchufaran sus instrumentos, aquello parecía un local de ensayo con cuatro colegas. Todo cambio cuando Clockwork subieron a las tablas. Desde el primer momento salieron a morder y demostraron sus armas de manera similar a como lo hubiesen hecho ante miles de personas. Una puesta en escena efectiva y un enorme ímpetu en lo que a agitar el cuello se refiere, fueron de primeras lo más sobresaliente. El sonido no era el ideal pero tenía los cojones suficientes como para pellizcarte el tímpano.

Abrieron con Everything Burns cuando alguno andábamos apurándonos el primer kalimotxo, y enseguida dejaron muy claro que no habían venido a pasar la noche por Baracaldo. La enorme actitud de sus dos guitarras, creaba una escena a la que era imposible no prestar atención. Molino tras molino, sacaban de la manga trallazos como Mandatory o Evil Grin ante el disfrute de los pocos que teníamos el privilegio de presenciarlos.  No dudaron en presentarnos algún corte de nueva factura como Colossus y repartieron lo mejor que pudieron sus minutos para hacer que aquello no se nos hiciese pesado a ninguno de los presentes.

En directo la música de Clockwork gana muchos enteros y se aparta bastante de las comparaciones con Anthrax que yo traía de casa. Rown Houland mejora mucho como cantante una vez que se le tiene delante. Sin perder en ningún momento su pose hardcoreta, consigue insuflar suficiente credibilidad a cada pieza que interpreta. Algo parecido se podría apuntar sobre uno de los nuevos fichajes que luce el conjunto. El que fuese guitarrista de Legen Beltza, es la mejor incorporación que podían haber hecho. La capacidad técnica que aporta a través de sus dedos, es un plus de calidad de dimensiones faraónicas. Impresionante ver como atacaba cada solo que tenia que llevar a cabo.

La frialdad propia que acarrea una sala medio vacía, no les permitió terminar entre vítores como se merecían pero supieron  jugar su papel con gran entereza. Remataron su estancia sobre las tablas con One Last Fight y dejaron el listón lo suficientemente alto como para que Criminal, no terminasen por llegar a superarles.

Tampoco se amilanaron demasiado los cabezas de cartel de la noche pero no cabe duda que la sensación de impacto lograda por Clockwork, dejo en cierta evidencia el discurrir de la velada. Con una puesta en escena mucho menos espectacular, Criminal tiraron de oficio para no ser arrollados por el ímpetu de sus teloneros. Colocaron sobre la mesa una buena cantidad de cortes de reciente factura y consiguieron ganar muchos puntos tirando de alguno de sus clásicos personales.

Como aquello era la presentación del álbum Akelarre, casi la mitad del set fue destinado a cortes del mencionado trabajo. El Thrash-Death eminentemente moderno que destilan las nuevas creaciones de Criminal, inundo cada centímetro de la sala Edaska. Desde Order From Chaos hasta State Of Siege la particular celebración pagana del cuarteto se llevo en buena sintonía.

Unos pocos comentarios ingeniosos por parte de Anton, dejaron paso para que Rise And Fall nos recordara que esta banda ha sido capaz de componer temazos incluso en los tiempos más oscuros. Del injustamente olvidado Sicario, rescataron también la apisonadora que es Time Bomb. Otro corte que hubiese llegado mucho más lejos si contase con la denominación de origen propia de una banda multimillonaria.

Miraron un poco más atrás en el tiempo para rescatar uno de los cortes fetiches para sus  fans. Hijos de la Miseria se llamaba y fue recibida con el cariño de lo que se olvida pero sigue luciendo. Con ese tufillo a Slayer tan entrañable que tienen los viejos cortes de Criminal, el publico retrocedió un par de décadas en su imaginación. El colofón con Self Destruction y Cancer no fue menos emotivo, pero no consiguió superar al conseguido con Hijos de la Miseria.

Con la misma falta de pompa con la que todo había empezado, el concierto dio por terminado. Algo más de dos horas de un jueves cualquiera, recordando como funciona el underground que se cuece a la vuelta de la esquina. Una excelente oportunidad para gastarse diez euros apoyando a bandas a las que, por una u otra razón, aun les falta nombre pero tienen el talento necesario como para llenar un escenario.