El sábado llegué al festival más o menos a tiempo, aunque me entretuve en la cima con unos tíos muy majos que acababa de conocer y cuando me di cuenta ya era la hora de Viter, grupo que no me quería perder por nada del mundo, y otra vez eché a correr como un loco, total para al final llegar tarde otra vez. Esto sí que me jodió, porque me apetecía muchísimo verlos y no sé si podré volver a hacerlo otra vez.

Permitidme que hable un poco de la corta trayectoria de Viter antes de relatar el concierto. Este grupo fue formado por Vitergzir tras abandonar Kroda, donde había militado varios años, y de momento tienen tres lanzamientos: un EP de veinte minutos llamado Dzherelo (2010) que en mi opinión es una verdadera preciosidad, una joya del metal folki y tranquilito pero totalmente pagano y apasionado al mismo tiempo; luego otro llamado Diva ruzha (2011), junto con un grupo de folk medieval llamado Kings & Beggars, lanzamiento en el que todas las canciones menos una son acústicas; y este verano sacaron, solamente en formato digital, su álbum debut, con un estilo diferente: una especie de folk industrial, como si Rammstein estuviera haciendo una versión suya, y cantado en inglés, no en ucraniano, como el material anterior. Si bien respeto totalmente que hagan lo que mejor les parezca, me da pena el cambio porque antes era una maravilla de música la que hacían y ahora no está mal, pero no me hace demasiada gracia.

Volvamos a los Cárpatos. Cuando llegué estaban tocando una de las del primer EP, Krov tikae, que alargaron un montón al final. A continuación vino la espantosa Marichka, durante la cual destrozó un instrumento contra el suelo que no me dio tiempo a ver, luego Wool fish love, que no está mal, y para terminar, la estupendástica y fantabulosa Vidrizh, más coreada de lo que me esperaba (yo me desgañitaba vivo, por supuesto), con un final muy intenso y Vitergzir sacando una especie de pipa/trompa gigante que al soplarle por el extremo pequeño empezó a echar chispas por el lado grande. Aunque también estiraron el final un poco. Será porque tienen pocas canciones y las estiran para llenar minutos, pero me extraña porque tienen material más o menos suficiente, creo yo. Igual no ensayaron muchas. Por lo que me contó una chavala que había llegado a tiempo, abrieron con Dzherelo y no sé qué más tocaron. Curiosidad: entre canción y canción ponían efectos de sonido de viento y otros elementos boscosos.

Otra vez salió el pavo de la perilla a anunciar el siguiente grupo: Arkona. Estos no se cortaron un pelo en hablar en ruso, y no parece que a nadie le molestara. La mejor descripción de la actitud de la vocalista Masha Scream fue la que, asombrada, me dio la chavala anteriormente mencionada, a quien no le gusta Arkona: “She is a real warrior!” Desde luego, o una guerrera o una motorhead hasta arriba de anfetas, porque es increíble lo que se mueve esa mujer encima de un escenario. Un concierto que desprendió energía por todos lados y muy animado, con un set list corto pero variadito, aunque por desgracia prescindiera totalmente de los primeros discos. Fue la primera vez que tuve la oportunidad de escuchar temas del último álbum en directo y son una pasada, sobre todo Slovo, que en estudio no me gustaba tanto. Aunque también hay que decir que todo lo que no sale de los instrumentos que hay en el escenario suena grabado desde un ordenador; no se molestan nada en adaptar las canciones para poder tocarlas en directo con menos instrumentos, o en reducir el material enlatado a un mínimo. Por lo menos esta vez estaba presente el gaitero, flautista y soplador en general Vlad Volk, que por cierto, su gaita se la hizo la artesana gallega Susana Seivane.

Podéis ver que no metieron muchas fiesteras, de lo cual me alegro. Kupalets fue para mí una gran sorpresa; no esperaba que la fueran a tocar en un concierto tan pequeño. Stenka Na Stenku, en ruso significa “pared contra pared”, con lo que ya podéis imaginar qué actividad típica de los conciertos de metal extremo se montó. Y terminaron con la saltarina Yarilo a modo de bis, mientras el frío de la noche anterior empezaba a ser superado o, al menos, igualado.

El siguiente grupo que anunció el de la perilla fue Týr. A estos feroeses los vi el pasado otoño tocando casi exclusivamente canciones de sus dos últimos discos, y no me habría sorprendido que repitieran el mismo set o casi, pero no lo hicieron; si bien los temas recientes fueron predominantes, también cayeron cinco o seis más antiguos. Para mi gusto, las canciones antiguas son muy pesadas. Prefiero las modernas, aunque también es cierto que muchas de ellas son un tanto simples en cuanto a estructura. Pero bueno, estuvo entretenido, la verdad es que no me aburrí, y las que conocía las coreé a gritos, porque sus canciones, otra cosa no, pero coreables son un rato. Por otra parte, el bajista, Gunnar, posiblemente fuera el tío más simpático y enrollado de todo el festival y de Dinamarca y de Europa si me apuras. Al acabar el concierto fue a hacerse fotos con la gente. Hari, el cantante, comentaba más tarde que durante el concierto casi no notaba los dedos de lo fríos que los tenía, pero si metió muchas gambadas yo no las noté.

Seguíamos acumulando retraso, y creo que era casi la una cuando salieron ensangrentados los maestros Moonsorrow a tocar en Ucrania por primera vez en su carrera. ¿Qué voy a decir de ellos? Algo totalmente fuera de lo normal, como siempre. En su paradójico caso, fuera de lo normal es lo normal. Abrieron con Ukkosenjumalan Poika, un clásico de su debut que tocan a menudo pero que aún no me había coincidido de oír nunca en directo. La siguiente fue una grandísima esperada, por ser para muchos la mejor canción del último disco, porque fue la única que no tocaron en la gira anterior, porque montones de personas se quejaron de eso por internet y en persona y porque esa noche debió de ser la cuarta o la quinta vez que la tocaban: la inmensa Huuto. Casi me siento privilegiado por haber oído ese tema en directo. Pero con Moonsorrow me sucede una cosa: mis canciones favoritas en estudio no lo son en directo, y viceversa, y Huuto pierde un poquitín de fuelle.

A ver, fue una pasada porque no podía ser nada menos, pero podía haber sido el poquitín más que en directo sí son Tähdetön o Pimeä. Además no me convence el apaño de teclado que hicieron para el principio. Pero el último estribillo casi me sacó la lagrimilla. Luego vino la animada y siempre efectiva Kylä Päässää, seguida por una que ya vi cuatro veces y a cada vez me gusta más: Jotunheim, tremendamente emotiva. Luego, durante Kivenkantaja, el guitarrista Mitja dio un resbalón, hizo una elegante finta a ras de suelo que provocó un épico y grandilocuente ¡CHON! por el leñazo que le dio a la guitarra, y con gran arte se puso de pie al momento. Aquello fue para verlo, os lo juro, casi se mata. Luego vino la coreable y coreada Sankaritarina, durante la cual se puso a nevar, aunque sólo fuera durante un minuto, y luego a llover.

Al terminar, Ville, que estaba con el torso al aire, dijo que notaba que estaba lloviendo y que qué mejor momento para terminar el concierto; supongo que entre el retraso y que se estarían muriendo de frío ya estaban un poco hartos, así que cerraron con Kuolleiden Maa y el bis que tenían previsto, Aurinko Ja kuu, se quedó fuera. Es una de las que tengo pendientes, a ver si para la próxima tengo más suerte. Al terminar, la chavala que mencioné en los dos conciertos anteriores me dijo, con cara de asombro: “This was the best concert of the whole festival! It was incredible!”. Valga su exclamación como resumen.

Tras este concierto decidí irme. Me habría gustado ver a los rumanos de Bucovina por lo menos, que eran los siguientes, porque su música en estudio está bastante guay, pero sinceramente, entre la perspectiva de esperar otra media hora al frío ese infernal, el cansancio de cuatro conciertos y el paseo de dos o tres kilómetros a pie y totalmente a oscuras que aún tenía por delante para llegar al hotel me quitaron todas las ganas de quedarme. De todos modos en este cambio hubo una gran desbandada, si se quedaron setenta personas ya me parecen muchas, y vi una foto del último concierto (tras Alkonost el último grupo fue Paganland) en la que se cuentan exactamente cuarenta y dos personas en el público. Y con esto y un bizcocho, y un paseo bajo un nublado pero ligerísimamente grisáceo cielo nocturno, debido a la época del año y la latitud a la que me hallaba, me despedí del festival más original que presencié hasta ahora.