CRÓNICA UNAI

En esta infame sociedad ultra tecnológica que nos han montado, tendemos a tomarnos la vida con demasiadas prisas. Acostumbramos a encadenar los días sumidos en las tareas que nos hemos impuesto y cada vez encontramos menos momentos para alimentar al lobo bueno que todos llevamos dentro. Puede que este sea uno de los principales motivos, que expliquen el creciente desinterés que muestra la gente  hacia las pausas que la vida nos otorga. Pausas como la que  Mick Moss y Vic Anselmo nos regalaron el fin de semana pasado en Pamplona. Pequeños resquicios de quietud espiritual que, en el mundo utópico con él que algunos suspiramos, a buen seguro que serían tomados en consideración.Como el momento en que tan irreal conclusión llegue a materializarse, sigue sin vislumbrarse en el horizonte, continuaremos relatando la realidad tal cual es.

Empezando por mencionar lo fría que puede llegar a ser una noche de Febrero en Pamplona, lo curioso del recinto escogido-con forma de platillo volante a un lado de la calle-  y lo esperanzador que resultaba el ambiente previo a la actuación, es como debiera ir poniéndoos en situación. No éramos multitudes alrededor de la sala Ozone, pero todo hacía presagiar una buena entrada. La tardía hora de inicio elegida, así como la climatología adversa, no parecían haber intimidado lo suficiente a la parroquia. Daba la impresión de que todo iba a encajar como un guante.

Unanálisis más pormenorizado de las instalaciones, nos descubriría el pequeño escenario sobre el que iba a llevarse a cabo el sarao. Ambiente recogido y velas presidiendo la estancia, dejaban a las claras que todos los detalles habían sido tenidos en cuenta. No le dimos demasiada importancia de primeras, a la pista de baile que tuvimos que cruzar para llegar hasta el saloncito escogido. Teníamos un par de horas aun para olvidarnos del mundo a nuestro alrededor.

Entre la gente que nos agolpábamos de espaldas a la barra, apareció como si de una espontánea se tratase la señorita Vic Anselmo. Se encaramó grácilmente sobre las tablas, tomó asiento detrás de su piano y se presentó educadamente ante la audiencia. Junto a ella colocó un pequeño peluche, que mostraba el lado más tierno de la artista. Un detalle propio de niña grande, rematado por una sonrisa traviesa similar a la que un chavalín pondría después de perpetrar su última travesura.

Una vez hubo comenzado a cantar, la aparente fragilidad que había dibujado quedo eclipsada por el torrente de voz con el que cuenta la de Riga. Acompañándose únicamente por las notas que iba sacando de su teclado, fue desplegando un set de canciones propias en el que demostró que esa noche sería mucho más que la voz de acompañamiento de Mick Moss. En ninguna variante del Rock se podrían circunscribir las tonadillas que iba interpretando la señorita Anselmo, aunque esto no supusiese problema alguno para todos los que sabíamos lo que habíamos ido a ver.  Yo personalmente disfrute de la actuación y me la tome como un añadido con el que no contaba. Una inspiradora muestra de poderío vocal, en la que la intensidad y la ternura corrieron de la mano sin llegar a tropezarse.

 

Un breve descanso bastó para que el pequeño escenario de la Ozone, fuera tomado de nuevo por el mal llamado sexo débil. Las Culebras jugaban como locales y dejaron claro que el aliento de la sala estaba con ellas. Tratando de integrar coherentemente su espíritu rockero, con la temática acústica que presentaba la velada, guardaron su veneno para conciertos venideros y desenchufaron con valentía su repertorio. No les fue mal la jugada ya que, a la vez que casaron perfectamente con el ambiente, permitieron a sus seguidores ver otra faceta de su abanico musical.

Interpretaron una colección de canciones en la que los colores sureños bañaban el decorado, al tiempo que los tintes macarras se dejaban entrever tímidamente. Convencieron hasta al último de los presentes y dejaron algún que otro momento para guardar en la memoria. Yo me llevé para casa el Sun Goes Down que Carmen interpretó de manera portentosa, pero a buen seguro que cualquiera de los presentes hubiese podido elegir cualquier otra.

Hasta el momento en que Las Culebras cedieron a Antimatter el turno sobre las tablas, era difícil encontrar un borrón que ensombreciera lo que la noche nos estaba deparando. Por desgracia, el propio público iba a ser el que propinase el primer revés digno de ser mencionado. Demostrando que su interés no iba mucho más lejos del grupo local que acabábamos de contemplar, un número importante de espectadores decidieron tomar las de Villadiego, sin esperar tan siquiera a que Mick Moss pusiese un pie sobre el escenario. Este detalle sin embargo, no iba a acabar teniendo relevancia sobre la interpretación del inglés. Lo peor vendría un buen rato más tarde.

 

Ajenos a la desbandada que acababa de producirse, la pareja encargada de recrear los temas de Antimatter, comenzó a poner sobre el tapete una impecable selección de retazos de su propia historia. Comenzaron con OverYourShoulder y Last Laugh, para tratar de contar el cuento desde el mismo punto en el que empezó a ser escrito. Recuperaron A Portrait of the Young Man as an Artist para pasar de inmediato a presentar los nuevos cortes que traían bajo el brazo. Una mención especial en este punto, se debiera de haber llevado Here Comes The Men, un corte en el que la impronta de Vic Anselmo acaparó casi todas las miradas.

La selección de cortes de nuevo cuño que interpretarían a partir de este momento, se limitaría a Uniformed and Black. Escasa representación sin duda para un discazo del  que no era tarea sencilla ponerse a  obviar las partes eléctricas. Mucho más adecuadas aparecían piezas como Angelic o The Power Of Love, en las que el minimalismo venía ya de origen. La combinación de intimismo y sensibilidad que Antimatter nos estaban mostrando,era de una pureza inusitada. Sin el más mínimo efecto sobre el que apoyarse, la pareja retrataba cada corte con absoluta fidelidad y no daba la impresión de que nada pudiese romper el trance bajo el que nos habían sumergido. En esos momentos fue cuando la puerta de la sala se abrió por primera vez.

Al otro lado de la misma, los sonidos propios de una sesión de discoteca entraron de golpe y porrazo, para interrumpir nuestro momentáneo descanso con la realidad. La pista de baile contigua al escenario acababa de abrir sus puertas y a nadie se le había ocurrido poner a alguien para que ambos campos permaneciesen ajenos él uno del otro. Los curiosos a los que les era indiferente la sesión que estábamos contemplando, entraban, se acercaban y volvían a salir por donde habían venido. Por el camino, las dos músicas que estaban sonando al unísono, se juntaban por un par de segundos y la peor parte se la llevaba siempre la que contaba con menos volumen. El bueno de Mick Moss notoriamente molesto por el imprevisto, llego a pedir incluso un chupito de tequila para ver si se le pasaba el mal trago. La profesionalidad de los músicos en ningún momento se pudo poner en duda, ya que continuaron interpretando sus cortes con el mismo ahínco con el que habían comenzado. La sensación de los presentes sin embargo, comenzó a ser un poco más incierta.

Nos habían empujado de la nube pero era complicado que nos llegaran a acabar tirando mientras sonaban maravillas como The Weight Of The World o Working Class Hero. Esta última sobre todo- junto con la apabullante cover del Where The Wild Roses Grow que se marcaron- fue uno de los momentos más celebrados a pesar de haber tenido la desgracia de caer en la zona del concierto más afectada por las intromisiones. Si bien las canciones de Antimatter fueron el eje central de la velada, hay que reconocer que las versiones que tuvieron a bien ofrecer, acabaron constituyendo los instantes de mayor aceptación.

Con el Fighting For a Lost Cause como epitafio, la pareja dio carpetazo a la jornada sin que pareciese que los problemas comentados fuesen a subsanarse. Ambos agradecieron a los presentes su asistencia a la vez que se disculparon por las interrupciones acaecidas. Mick Mosspor su parte, terminó con una media sonrisa que reflejaba perfectamente lo que allí habíamos vivido. Un enorme concierto repleto de buenas canciones, entre las que se nos habían colado los ecos de una discoteca inmisericorde. Tuvimos unas horas de todos modos para romper con lo que nos esperaba detrás de la puerta. El ruido, los poligoneros borrachos y el horrible frio de una noche de invierno en Pamplona, nos aguardarían a nuestra salida de una u otra manera.

 

REPORTAJE UNAI